Els cementiris-bosc de Gerard Moliné

Entrevista d’Ima Sanchí a Gerard Moliné, per la Contra de La Vanguardia del 4 d’agost de 2011.
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Estudi Gerard Moliné

Ser árbol después de muerto, ¡qué buena idea! 
Una urna biodegradable que guarda una semilla y convierte las cenizas del difunto en un árbol. Se trata de convertir los cementerios en bosques, un acto de regeneración física y simbólica.

¿Lo ha comercializado? 
Sí, pero fue difícil, el sector de los traficantes de penas es muy cerrado y se aprovechan del dolor para hacer negocio.

Me encantaría convertirme en árbol.
 Sería lo más natural, de hecho ni tan sólo es una idea mía. Era muy pequeño, fui con mi abuela al huerto y encontramos un pájaro muerto. Le pregunté qué pasaba cuando te morías y la abuela se apuró, me empezó a hablar de Dios, pero mientras hablaba cogió el pájaro y lo enterró con una semilla.
Se aprende más de los actos que de las palabras.
Pasé mi infancia en la masía de mis abuelos, que eran granjeros, en Aravell. Allí nació mi madre. Un lujo, criarse en ese ambiente.

¿Qué le ha enseñado? 
En la naturaleza todo se regenera, nada muere. Al final lo único que tenemos es la conciencia, la idea de que el cuerpo nos pertenece no es real, nuestro cuerpo es parte de la naturaleza y a ella retorna.
De niño, ¿ya hacia usted arte?
Hacía experimentos sin ninguna intención. Cogí, por ejemplo, unas botellas abandonadas en el bosque y las coloqué en las ramas de un árbol. A los cinco años las botellas estaban envueltas por el árbol. Ya llevan más de 20 años y el efecto es muy curioso.
…
 De niño me alucinaban esas piezas de sal que las vacas van erosionando con la lengua, las coleccionaba y ahora las expongo, pero no las he hecho yo, las ha hecho la vaca y son de una belleza increíble.

Cierto.
 Años más tarde, al estudiar en una escuela de diseño y ver la obra de algunos artistas como Henry Moore o de arte povera, pensé: todo esto ya está en la naturaleza. De hecho, de las piezas no soy ni el autor, sólo el canal. Fíjese en estos doce cuadros.

Son muy poéticos. 
Es una obra que trata sobre la migración de las golondrinas. Cuando vienen en los meses de verano del norte de África anidan en los establos. Yo simplemente puse un cable para que se posaran. Cada mes ponía bajo el cable un lienzo en el que las golondrinas fueron depositando sus excrementos.

Pues pintan muy bien las golondrinas.
 Se puede ver en qué momento llegan, cuándo se reproducen, cuándo empiezan a comer frutos rojos o cuándo se van de repente todas en octubre.

Fascinante. 
Estas esferas de alabastro las abandoné durante tres años en un río y cada una, según la corriente, se ha erosionado de una forma, se puede ver el movimiento que genera el agua dentro del río.

Hermoso, sí. 
Hoy vivimos inmersos en una crisis de valores, y me parece imprescindible volver a mirar hacia la naturaleza, es ese retorno el que quiero reivindicar.

A los 18 años bajó a la ciudad a estudiar diseño industrial.
 Vine porque mis padres insistieron. Quería ser pastelero, pero el diseño se cruzó en mi camino. Crecer en un entorno rural, libre, es un lujo, una suerte inmensa, como lo fue descubrir la ciudad a los 18 años.

¿Y ha aunado campo y modernidad? 
Yo en el mundo del diseño he trabajado con unos materiales alucinantes, pero para mí lo más contemporáneo es buscar el origen de las cosas, los materiales nobles. Llevo la tradición en el corazón y la contemporaneidad en la cabeza.
Ha vuelto a sus orígenes.
A los diseñadores nos han utilizado para crear necesidades y no para resolverlas. Me fui desilusionando del mundo del producto enfocado a la industria. Sentía la necesidad de trabajar con las manos.

Y redescubrió a los artesanos.
 Hace cuatro años decidí colaborar con distintos gremios de artesanos de Catalunya, como los de los llamadores de las Terres de l’Ebre, la cerámica de La Bisbal, el alabastro de Sarral o la sal de Cardona. He realizado proyectos para reactivar oficios cuyos productos están fueran de mercado, buscar una nueva visión para que tengan salida.

¿Por ejemplo? 
Colaboramos con pastores y artesanos del Pallars que antes hacían sus mantas, colchones y ropa con la lana de la oveja xisqueta, ahora esa lana se ha convertido en residuo. Nosotros hemos vuelto a comprar la lana a a los pastores, diseñamos productos para que trabajen los artesanos de la zona y les damos salida.

¿La tiene?
 Yo creo que la actitud de artesano, su forma de trabajar, acabará imponiéndose. Creo que la industrialización ha empeorado el mundo. Recuerdo a mi abuelo haciendo un mortero, buscando un árbol cuya madera absorbe la vibración y dándole forma. El mortero es una bella escultura.

… 
Cuando el pastor necesitaba un bastón cortaba una rama de boj, la clavaba en el suelo y esperaba que la rama volviera a crecer, así obtenía la curva del mango. De hecho el pastor le pide ayuda al árbol, y esa colaboración es poética y funcional.

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